
Las aguas bravas de la Acequia Grande
La lluvia se inició cerca de Morcillo. Tomó rumbo al suroeste y arribó a la sierra del Temascal, donde tomaba origen la Acequia Grande. Sobre la ciudad de Durango la lluvia comenzó a eso de las diez de la noche del sábado 28 de julio de 1906, continuando el aguacero hasta que el sol abrió su broche el domingo 29. Con el aguacero sobrevino la catástrofe al desbordarse la Acequia Grande y provocar la inundación de las calles cercanas a la Plazuela Baca Ortiz y la Plaza de Toros. Los moradores de esas calles muy pronto se vieron atravesar las calles desnudos o envueltos en sábanas en plena madrugada, con el agua llegándoles hasta la cintura y lanzando impresionantes gritos. Con el pánico pegado al rostro llevaban a cuestas a sus pequeños hijos, friolentos y mojados de cuyos tiernos labios salían lastimeros quejidos, sin que nadie les prestara auxilio entre el fulgor de los relámpagos y el estruendo del cielo. Un desfile triste y doloroso como de doscientos desnudos y enfangados, pedía refugio en los mesones para ponerse a salvo del despiadado aguacero. Unos lanzaban gritos, otros imprecaciones, los más oraban pidiendo clemencia al cielo. Los disparos al aire de la policía y las campanadas de los templos señales de alarma, sonaron tardíamente y los soldados ocupados como estaban en salvar a los caballos del cuartel inundado, no acudieron al auxilio de la población. Civiles y autoridades habían sido sorprendidos por el rudo temporal.
Como a las tres de la madrugada bajaron las aguas y los damnificados se encontraban a salvo en mesones y Mercado, lamentando sus casas arrasadas o derrumbadas y sus muebles, sus ropas y útiles de trabajo destruidos, así como sus animales muertos. Después como remate de la tragedia vino el apagón de la luz eléctrica al inundarse el carbón de la planta. En algunas casas el agua alcanzó la altura de un metro. Los moradores de los barrios de Analco y Tierra Blanca, alcanzaron a refugiarse en el cerrito cercano y los de las Alamedas en el antiguo templo de la Tercera Orden. En la memoria de los afectados estaba todavía la última inundación del 31 de julio de 1900, causante de algunas muertes de personas y la destrucción de muchas casas. Atrás de la de 1900 la historia registraba la de 1830 y las de 1881 que había destruido los llamados baños de Balda.
La prensa de la época, como La Evolución, anotó como causas de la inundación, no sin razón, a la gran cantidad de agua que precipitó el cielo sobre la población y la corriente que arrastró árboles, vigas, arbustos, nopales, magueyes, que se detuvieron en los puentes impidiendo el paso de la gran corriente, formando especies de presas que hicieron que las aguas bravas se salieran de madre para arrojarse a las casas adyacentes. En la 1ª. calle del Rebote, un pequeño niño fue arrebatado de los brazos de su madre María de Jesús Ibarra, por las fuerte corriente, localizándose más tarde el cadáver del niño de apellido Mancinas, en uno de los solares del callejón de Pancitas, con lo que la hecatombe se pintó de luto, con la vida de esa criatura tierna que apenas empezaba a vivir. El saldo material de la tremenda inundación fue cuantioso: setenta y dos calles inundadas, sesenta y seis casas destruidas, además de la anegación del Jardín Patoni, la Plazuela Baca Ortiz, la Plaza de Toros, el Cuartel del Primer Cuadro de Regimiento y los lavaderos públicos.
Después de la inundación de 31 de julio de 1900, vendrían otras inundaciones, hasta que la Acequia Grande sería entubada por el gobierno del licenciado Armando del Castillo Franco.
La Acequía Grande, nacía en la Sierra del Temascal, ubicada en el Noroeste de la ciudad de Durango, tomaba el nombre de arroyo de San Vicente en su parte superior y atravesaba la ciudad de Durango tomando el nombre de Acequia Grande en su travesía de la ciudad, yendo después de un recorrido como de veinte kilómetros a unirse con los ríos Tunal y de la Calera. Cuando llovía mucho, la Acequia Grande inundaba las partes bajas de Analco y Tierra Blanca.
La noche del sábado, no presagiaba lluvia, y tan no amenazaba lluvia que los durangueños cultos hacían su entrada al teatro a eso de las nueve de la noche, pero a las once comenzó el fuerte aguacero que en pocos instantes se transformó en terrible tormenta.
El ingeniero Alfonso Castellanos Haaf, fue comisionado por la Jefatura Política, para que dirigiera el derribo de las casas que presentaran mayor peligro. Dado el número de damnificados, necesidad hubo de nombrar comisiones y Junta de Caridad, quedando como directivos de ésta Carlo Bracho como Presidente, Lic. Salvador Fernández y Carlos de la Peña como Secretarios y Francisco Asúnsulo como Tesorero; y como integrantes de las comisiones: banqueros, abogados, comerciantes, colonias extranjeras, hacendados, industriales, propietarios, empleados federales y estatales, Sociedades Mutualistas y comerciantes del Mercado. Aquella desolación fue enmarcada por un asno muerto en las Moreras y cerca de allí un puerco. La Cárcel Principal y la Plaza de Toros, fueron ocupadas por damnificados, lo mismo que algunas fincas urbanas puestas a disposición por gente rica y piadosa.
Hoy la Acequia Grande, es un punto de referencia histórica de la ciudad de Durango, y por eso mismo merece ser conocida en sus avatares, figurando entre ellos además de las inundaciones, más de un conductor ido a pique con todo y sus alegrías y el haber sido el lecho mortuorio del señor que tocaba el arpa en el popular y tradicional menudo de la calle de Matamoros, en donde remataban todos los bailes de la ciudad de Durango.