
Los hijos de Sánchez o la libertad de expresión
Es de explorada historia que desde el sexenio del presidente Miguel Alemán, se estableció el 7 de junio, como día conmemorativo de la libertad de expresión. Desde entonces para acá, ha habido de todo. Eventos que la han oscurecido y hechos que le han dado brillo, éstos últimos los menos por desgracia.
Un evento que la oscureció ocurrió el 7 de junio de 1969, cuando en la comida celebratoria Martín Luis Guzmán, el de la El Águila y la serpiente y Las memorias de Pancho Villa, pronunció ante el presidente Gustavo Díaz Ordaz, un discurso lacayuno, justificando el 2 de octubre de 1968. Da vergüenza ajena verdaderamente.
Pero vayamos a lo positivo, para recordar este 7 de junio de 2014, un hecho muy significativo para la libertad de expresión, que ocurrió en el año de 1965, se trata del reconocimiento de Los Hijos de Sánchez, como manifestación de la libertad de expresión. Vayamos por partes, como dicen que dicen que dijo Jack "El Destripador."
El 11 de febrero de 1965, la Junta Directiva de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, denunció al antropólogo norteamericano Oscar Lewis, por haber escrito Los hijos de Sánchez, por considerarlo un libro obsceno y denigrante, publicado por el Fondo de Cultura Económica en el mes de agosto de 1964, es decir, el ya próximo mes de agosto, cumplirá cincuenta años su edición.
Consideraron los denunciantes, que tenía un lenguaje soez y obsceno, la descripción de escenas impúdicas, opiniones calumniosas, difamatorias y denigrantes contra el pueblo y el gobierno de México, por lo que el libro estaba comprendido en actos delictuosos definidos y sancionados en la Ley de Imprenta y en el Código Penal, y pedían que se abriera la averiguación penal correspondiente.
Una vez ratificada la denuncia el 23 de febrero por el ingeniero Domingo Lavín y licenciado Manuel Ramírez Arriaga, presidente y vicepresidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, estos inquisidores entregaron un escrito ampliándola y acompañándolo con un ejemplar del libro denunciado, considerando que incurría en el delito de faltas a la moral pública.
Por aquel entonces era director del Fondo de Cultura Económica Arnaldo Orfila Reynal, quien argumentó, que el Fondo se había fundado para difundir las bases fundamentales en ciencias sociales en el mundo de habla hispana, que no tenía fines de lucro y que la dirección del Fondo, estaba a cargo de una Junta de Gobierno, integrada por Antonio Ortiz Mena, Eduardo Suárez. Eduardo Villaseñor, Gonzalo Robles, Emigdio Martínez Adame, Antonio Carrillo Flores, Agustín Yáñez, Ramón Beteta, Jesús Rodríguez y Rodríguez y Plácido García Reynoso, quienes también fueron denunciados.
Así las cosas, el 2 de marzo, fue ratificado el escrito de denuncia por los otros inquisidores Silvano García Guiot, CPT y profesor Antonio Sánchez Molina e ingeniero y vicealmirante Oliverio F. Orozco Vela; el 10 de marzo, ratificó la denuncia el inquisidor que faltaba, el licenciado Luis Cataño Morlet.
Con todo ello se armó la averiguación previa que llevó el número 331/965.
Examinada la inquisitoria por el Procurador General de la República, licenciado Antonio Rocha, resolvió el 6 de abril de 1965, confirmando la resolución que había dictado el 29 de marzo el C. Director de Averiguaciones Previas, en el sentido de que no había delito que perseguir y que el Ministerio Público se abstenía en definitiva de ejercitar acción penal en la averiguación 331/965, iniciada por denuncia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística contra Óscar Lewis por haber escrito Los hijos de Sánchez y contra los funcionarios directivos y administrativos del Fondo de Cultura Económica, por haberlo editado.
¿Qué delito habían cometido? El Ministerio Público estimó que no era el delito de disolución social porque las frases del libro no tenían ninguna eficacia para perturbar la paz o el orden público; no el delito de ultrajes a la moral o a las buenas costumbres porque el libro no era lesivo al pudor, porque si bien es cierto que existían palabras crudas y descripciones en las que se abordaban actos de naturaleza sexual, también era cierto que el libro no estaba dedicado de manera preferente a ese tipo de narraciones; y no el delito de difamación en perjuicio del licenciado Miguel Alemán o de la Nación Mexicana, tanto por no haberse presentado querella del supuesto ofendido, como por haber existido ánimo de injuriar ni lesionar el decoro de México.
¿Qué es lo que había hecho entonces Óscar Lewis que mereciera tanto acoso de sus denunciantes?
Pues ni más ni menos que antropología social. Para el efecto Lewis, se valió de una grabadora, y registro las entrevistas que le hizo a una familia pobre de la ciudad de México, integrada por el padre de cincuenta años de edad, y sus cuatro hijos: Manuel de treinta y dos años, Roberto de veintinueve; Consuelo de veintisiete y María de veinticinco, habitantes de una sola habitación de la vecindad de Bella Vista, situada en el mismo corazón de la ciudad de México, dejando que cada uno de los miembros de la familia, a la que llamó Sánchez, contara la historia de su vida con sus propias palabras, a lo que llamó realismo social y estudio de la cultura de la pobreza.
Como en la entrevista hubo alusiones de los entrevistados que contenían algunas críticas al gobierno y como el propio Lewis, hizo también algunas consideraciones de tipo crítico como que la economía mexicana no podía dar empleo a todos los habitantes del país, por lo que de 1942 a 1955, aproximadamente un millón y medio de mexicanos se habían ido a los Estados Unidos a trabajar como braceros, cifra que no incluía a los trabajadores agrícola temporales, a los "espaldas mojadas" ni a otros inmigrantes ilegales.
El escándalo estalló ¿Cómo se atrevía un gringo a criticar el sistema político y económico de México? Y a señalar que México tenía pobres. A ningún gobernante le gusta que se le señalen fallas, mucho menos que no ha resuelto el problema de la pobreza, que por cierto, hoy por hoy, galopa sin rienda ni cuarta por el territorio nacional.
Los políticos se rasgaron las vestiduras, se filmó una película sobre Los hijos de Sánchez, y hasta el Charro Avítia, machote como era, soltó de su ronco pecho, un corrido intitulado Los Hijos de Sánchez.
En ese clima de linchamiento mediático, se impuso la justicia y brilló la libertad de expresión, cuestión desgraciadamente rara en México, toda vez que con plata o plomo, se impone la censura; no por nada Carlos Moncada, periodista de excepción quien fue director de Impacto, es autor de un libro, en el que registra decenas de periodistas caídos bajo la balas, de los que un claro ejemplo lo es Manuel Buendía.
De cualquier manera, tenemos que recordar el caso de Los hijos de Sánchez, próximo a cumplir cincuenta años, como un caso de excepción, que mereciera ser la regla. Pero que no lo es. Después de todo tenemos algo que festejar.