
UNO COMO QUIERA, PERO ¿Y LAS CRIATURAS?
Una de las mayores fortunas que puede tener el hombre es gozar de una buena memoria. Conozco a varias personas que se ufanan de recordar con claridad pasajes enteros de su infancia temprana: mi madre, por ejemplo, me ha narrado con lujo de detalle un viaje que hizo (junto con sus hermanos mayores y su madre) para reunirse con su padre, tendría poco más de un año de edad. También un ex novio me llegó a platicar lo mucho que disfrutó su estancia en la guardería, antes de ingresar al kinder, e incluso se acordaba de algunos platillos que solían repetirse en el menú. Así de prodigiosa es la memoria de algunos.
La verdad es que yo tengo pocos recuerdos de antes de los 6 años. De mi paso por el kinder guardo dos o tres imágenes que se antojan, más que vivencias, postales: yo, con el vestido blanco de los lunes (que mi madre me había confeccionado, por supuesto), dando vueltas en el patio, en una suerte de remolino con falda circular sostenida en el viento; mi compañero Ánuar, al que le habían regalado un disfraz de Superman y llevó la capa puesta durante todo el ciclo escolar; la maestra Susy, pellizcándome con sus largas uñas picudas en castigo por algo que no hice; yo, tratando de intercambiar (sin éxito) mi refrigerio -conformado por un plátano y un vaso de Tupperware lleno de leche- por las antojosas bolsas de papitas que los demás niños degustaban a la hora del recreo.
De mi estancia en la primaria, en cambio, conservo una considerable cantidad de memorias. Todas éstas se encuentren ligadas, dicho sea de paso, por un solo hilo conductor: la lectura. A la fecha, soy capaz de proporcionar datos bibliográficos fidedignos de los libros leídos en aquel entonces. A veces me sorprende darme cuenta de que recuerdo con mayor presteza las aventuras de esos seres imaginarios que se convirtieron en amigos entrañables, que algunos pasajes de mi propia vida. Quizá se deba a que en realidad ellos fueron mis compañeros a lo largo de esa época en la que mi frágil salud y la desconfianza de mi madre me impedían salir a jugar a la calle con los vecinos. No me quejo: a mi modo y en la medida de mis posibilidades me divertí bastante. Anduve en bicicleta, en patines, leí libros e historietas, vi caricaturas y series hasta la saciedad, jugué con muñecas y trastecitos a mis anchas (desde entonces cualquier buen observador hubiera notado mis comienzos de neurosis: no me gustaba jugar con otras niñas para que las historias que yo inventaba no perdieran congruencia), escribía poesía. Fui feliz.
Mi madre, quien además de haber sido una maestra ejemplar, adora a los niños pequeños, me ha hecho notar en no pocas ocasiones la importancia de hacer de los primeros años de vida de un niño una experiencia afable. "Fíjate", me dice, "este mundo está construido a la medida de los adultos: las escaleras, sillas, mesas, baños, todo les queda grande a los pobres. Encima, los mayores los callan, quieren que estén quietos, los regañan por preguntar, no son pacientes, quieren que sean adultos chiquitos. No es justo, los niños apenas están aprendiendo."
Repaso estas ideas mientras celebro con mis sobrinos el día del niño. En su cabecilla pueril esta efeméride representa tres cosas: pastel, suspensión de clases y (la nueva moda impuesta por el modelo capitalista) regalos. Dudo mucho que alguien les haya mencionado el origen de la conmemoración: aquel convenio entre varias naciones para festejar a la niñez y proteger sus derechos. La mayoría de las personas no tiene idea de que el concepto de infancia es relativamente nuevo y es, además, una conquista social.
En la Europa anterior al siglo XVIII, el niño de clase baja -la cual conformaba la mayor parte de la población- era uno más de la familia: debía de trabajar para ganar el sustento, sin ningún tipo de consideración; la edad en la que se integraba a dichas actividades dependía de lo temprano de que fuera su desarrollo, los quehaceres eran variados e indispensables en la vida campesina: desde el pastoreo hasta el levantar la cosecha. En su ensayo "El significado de Mamá Oca", Robert Darton expone las condiciones en que se vivía: "Los hijos trabajaban junto con sus padres casi tan pronto como podían caminar, y se unían a la fuerza de trabajo adulta como peones, sirvientes y aprendices tan pronto como llegaban a la pubertad."
Darton apunta también que, debido al hacinamiento, los chiquillos eran partícipes de todos los acontecimientos cotidianos: "la familia se amontonaba en una o dos camas y se rodeaba de ganado para mantenerse caliente. Por esto los hijos se volvían observadores participativos de las actividades sexuales paternas. Nadie los consideraba criaturas inocentes, ni la infancia se consideraba una etapa distinta de la adolescencia, la juventud y la edad adulta por el estilo de vestir y la conducta." De ahí que la religión viera a los niños como enanillos impuros y malvados, manchados del pecado original.
La noción de infancia, tal y como la entendemos en la actualidad -un feliz periodo identificado con la despreocupación e inocencia-, es una idea cuyo génesis tiene que ver más con la Revolución Industrial, que con altruismo: deshacerse de la competencia que representaban las mujeres y los niños -sectores de la población que ofrecían mano de obra barata- hizo apremiante este impulso de retirar de manera definitiva a la comunidad infantil del trabajo. La educación obligatoria vino después, cuando la burguesía naciente se dio cuenta que sus futuros herederos requerían una instrucción adecuada para administrar sus bienes.
Como sabemos, la infancia es un privilegio del que, por desgracia, no todos los niños gozan. Todavía abundan los casos de abuso, violencia, explotación. Por eso la importancia de protegerlos, de otorgarles una niñez plena de respeto y amor, principios fundamentales para la formación de un ser humano digno. Cuando un niño es feliz todos ganan: nada más gratificante que vivir en su memoria como aquel adulto al que se admiró porque supo hacer brillar ciertos pasajes de su existencia.
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