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Ante la amenaza, vacuidad

JESÚS SILVA-HERZOG

Es comprensible que el presidente sea cuidadoso al hablar de las elecciones en otros países. Es entendible que cuide sus palabras al referirse a la elección de los Estados Unidos. Sin embargo, la defensa de los intereses de México exige, en estos momentos, menos ceremonia y más firmeza. Que el presidente cuide sus palabras es que las valore. No es necesario imitar el tono del demagogo, para hacer la defensa pública del país ahí donde hace falta. Este es el momento para escapar del rito de las vacuidades y expresar la voz de México ante su mayor amenaza.

No lo ha hecho Enrique Peña Nieto, desaprovechando una oportunidad extraordinaria que le regaló el presidente de los Estados Unidos. Atado al protocolo, nuestro presidente, repitió frases hechas y se abstuvo de defender la perspectiva de México ante el ascenso del xenófobo que ha hecho del castigo a México su propuesta más reiterada. La invitación al presidente mexicano estaba cargada de significado: una última e inesperada invitación a la Casa Blanca durante el breve paréntesis entre las convenciones. Cuando las campañas empiezan su fase definitiva, el presidente de los Estados Unidos reitera la importancia que para él tiene la relación con México y recibe, en su casa, a Enrique Peña Nieto. No es casual el momento que escogió. Si el presidente mexicano hubiera aprovechado la tribuna, habría tenido resonancia en el debate norteamericano. No digo que hubiera persuadido a todos, tampoco creo que habría inclinado la balanza. Lo que creo es que el presidente de México pudo haberse insertado con dignidad en un debate en donde participamos como costal para los puñetazos. Desaprovechó la ocasión.

El presidente decidió rehuir la oportunidad de exponer con firmeza y desde Washington la posición de su gobierno frente a la hostilidad del candidato republicano. Prefirió refugiarse en la comodidad de los hábitos diplomáticos. Habrá considerado seguramente que el riesgo de hablar era demasiado alto y prefirió emplear la carta insustancial. Así pudimos escucharlo decir con la ceremonia que acostumbra: "A la señora Hillary Clinton y al señor Donald Trump quiero expresarles mi mayor respeto." No opinaré de la elección: trabajaré con quien gane, acordaremos una agenda constructiva, blablablá.

No condena el vocabulario diplomático a tal inanidad. Es perfectamente posible cuidar las formas del trato internacional y expresar con claridad las preocupaciones de un país. Lo vemos todos los días en el mundo. Gobernantes de cualquier signo expresan su posición frente al ascenso de los extremismos o frente a la amenaza populista. Hablan y asumen, por supuesto, el riesgo de hablar. Nadie consideraría impropio que el presidente de un país vapuleado por la demagogia electoral y amenazado por la aplicación de recetas que nos serían catastróficas, hable para activar todas las alarmas a su alcance. Coincido con lo que ha dicho recientemente Enrique Krauze: ningún país puede resentir los efectos de una presidencia de Trump como su vecino del sur. El candidato republicano nos amenaza con la guerra. No una guerra militar, pero una guerra tan amenazante como la de los soldados. Una guerra comercial, cultural, diplomática.

El presidente mexicano viajó a Washington para expresarle su respeto a quien nos amenaza con estas guerras. Se desdijo incluso de aquella comparación con Mussolini y Hitler. Me sacaron de contexto, dijo, casi pidiéndole perdón al candidato republicano. No es necesario, por supuesto, imitar los ridículos desplantes de Vicente Fox contra Trump. No hay razón para contestar la provocación con el insulto. El presidente mexicano debió armarse con verdad y con elocuencia. Contestarle al demagogo (sin mencionar su nombre si se quiere) con información y datos que muestren la compleja imbricación de nuestros intereses. Me parece que eso se esperaría, no solamente aquí sino en muchas partes del mundo, del presidente del país más agredido por Donald Trump y el que más puede sufrir las consecuencias de su victoria. México podría levantar la voz si hubiera quien la expresara.

La amenaza del nacionalismo norteamericano adquiere dramatismo por la estridencia del candidato republicano pero va mucho más allá de él. En la alternativa demócrata también se perciben esas tentaciones. Mucho de nuestro futuro se decide allá. Frente a esto, el presidente mexicano ha decidido ver y no hablar. Cree que así es la diplomacia. Se equivoca, así es su abandono.

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Twitter: @jshm00

Escrito en: JESÚS SILVA-HERZOG presidente, México, mexicano, amenaza

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