
Antonio Alatorre, lecciones magistrales del filólogo
Una de las mayores ventajas de ser autodidacta es la posibilidad de escoger por sí mismo a sus maestros, si tal pretensión cabe. No es cosa menor entonces ir descubriendo a aquellos autores en los que encontramos muchas de las respuestas -o preguntas- a nuestros intereses: la reflexión estimulante, los escritos fascinantes, la personalidad que nos guía y que con sus propios rasgos humanos -generosidad, alegría, seguramente defectos, como todos- se halla detrás de todas sus obras. He abordado en otra ocasión al siempre recordable don Ernesto de la Peña, sabio entre los más grandes de los tiempos recientes. Hoy quiero traer a cuenta el magisterio de Antonio Alatorre, un auténtico faro de luz inextinguible.
Antes de saludarlo personalmente en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM -en ocasión de un homenaje a Sor Juana, tenía que ser-, Alatorre me era ya conocido, gracias al volumen que le dedicó a reseñar el camino de la lengua española a través de mil y un años de historia. Había sugerido el libro como respaldo indispensable en la Escuela Normal Superior del Estado de Durango, para los estudiantes de licenciatura, en cuyas aulas tuve la oportunidad de trabajar durante casi una década. ¡Qué enorme ayuda para el instructor! ¡Cuánto beneficio para los alumnos, que encontraban en los textos a la vez erudición y sencillez, en una prosa diamantina y precisa! También el poeta David Huerta nos hablaba del mismo título, en un curso literario en Guanajuato, con subrayada admiración. Le sobraba razón. Años después conseguí la primera edición de la obra -en un formato más amplio, con magníficas ilustraciones y unas espléndidas tipografías-, publicada en 1979 especialmente para los clientes de una firma bancaria, que por lo demás no creo que le hayan prestado demasiada atención. Se trata, pues, de una joya bibliográfica. Y un punto de quiebre en la vida profesional del profesor Alatorre, ya que desde la aparición de las páginas de referencia poco a poco se fueron dando a conocer más libros del prestigiado autor, a quien antes solamente se le podía localizar en revistas especializadas.
Fui siguiendo sus huellas, con un interés creciente. Su nacimiento en Autlán, Jalisco, en 1922. Los primeros aprendizajes en el pueblo, el posterior descubrimiento del griego y el latín en el Seminario. El deslumbramiento, y probable cambio de ruta, ante la elocuencia de Juan José Arreola, su mentor en las letras modernas. Para luego, en el magisterio de Raimundo Lida, asumir el estudio de la Filología.
Así, cada vez que me salía al paso uno de sus textos, lo revisaba lápiz en mano, para utilizar la frase que al maestro le gustaba repetir. Sus palabras introductorias a la reedición de la biografía "Juana de Asbaje", debida a Amado Nervo (1994), o sus comentarios respecto a los "Enigmas ofrecidos a la Casa del Placer" (1994); además de las versiones mecanográficas de sus conferencias acerca del tema incluidas en diversas obras, como "Avances en el conocimiento de sor Juana" o "Lectura del Primero Sueño". Sin dejar de lado, por supuesto, el primer artículo que leí del maestro: "Un soneto desconocido de Sor Juana" (revista Vuelta núm. 94, septiembre de 1984). ¿Cuándo veremos reunidos los escritos de Alatorre a propósito de la Décima Musa? Y nadie mejor para encargarse de la compilación que la Dra. Martha Lilia Tenorio, la fiel y sobresaliente alumna y al final compañera de tareas afines de don Antonio.
Le pregunté aquel año sobre el proyecto de volver a publicar las Obras Completas de Sor Juana en colaboración con Georgina Sabat de Rivers -otra referencia tutelar e imprescindible en el tema-, como lo había anunciado con entusiasmo. Alatorre me contestó que no, cortesmente. Sin embargo, ahora sabemos que le alcanzaron los días para hacernos llegar el primer tomo, la Lírica personal, de la monja novohispana. Con otro agregado extraordinario: en 2007 dio a la imprenta "Sor Juana a través de los siglos (1668-1910)", suma de los elogios críticos dedicados a la poetisa.
No son la totalidad de su producción editorial, claro está. Para no hacer más denso este recuerdo, por lo menos habría que tener en cuenta los asuntos que aborda: el heliocentrismo, la crítica literaria, ensayos sobre arte poética, el sueño erótico, la mayoría referidos a nuestro idioma. Destaco también su bello ejemplar de recuento de sonetos y un curioso libro sobre un brujo de Autlán. ¿Y qué decir de "La migraña" (2012), su breve texto narrativo? Solamente que todavía espera la atención que merece (de hecho la valoración justa de todo lo que nos ha legado el maestro, la aportación rigurosa de sus investigaciones, esperan sus mejores frutos).
Hace no tanto, y así concluyo, mandé pedir al Colegio de México dos libros póstumos. "Con Antonio Alatorre. In memoriam" (2012) y "Estampas" (2012) que recoge algunos acercamientos a otras notables figuras cercanas al ya ilustre filólogo: Alfonso Reyes, Daniel Cosío Villegas, Raimundo y María Rosa Lida, Juan José Arreola, Juan Rulfo, Octavio Paz (acerca del Nobel hace un recuento de sus simpatías y diferencias, una discusión intelectual de alto nivel con el ameno tono tan de Alatorre)…
Sin suficiencia, pero con inmensa gratitud dije al despedirme de don Antonio: "He leído todas sus obras". Me miró con simpatía, con sus ojos brillantes, y sentí sinceras sus palabras: "Si trajera una medalla en la bolsa se la pondría en el pecho". "No hace falta -resumí algo apenado-, con sus lecciones está muy bien". Porque nos queda, agregaría en el verano de 2016, el inconmensurable tesoro de sus escritos. Su profundo amor a los libros, a la lengua española.