
El vocabulario que les enseñamos, ¿es el adecuado?
Aunque este es un tema que a muchos padres de familia (aquí se incluye a ambos, papá y mamá) les ocasiona hasta flojera o, tal vez, hasta molestia, por considerar que ellos son quienes deciden la manera en que educan a sus hijos, la verdad es que en ese aspecto tienen toda la razón del mundo, aunque la realidad es que a estas alturas de lo que se ha llamado desarrollo de la sociedad en distintos aspectos, no deja de preocupar que niños que apenas comienzan a hablar ya se expresen con palabras altisonantes que no son adecuadas para una persona de su edad.
En principio, como en todo lo que aprenden los hijos en sus primeros años de vida, los artífices de los conocimientos que han adquirido somos los padres, de tal manera que no se puede culpar a alguien más si los pequeños se comportan de cierta manera tanto en el hogar como fuera de este, ya que los patrones de conducta que los guían se los hemos inculcado sus progenitores, así que no debe asombrarnos si algunos menores que apenas están en preescolar son proclives a la agresión verbal y física contra sus propios compañeros de aula.
Sin embargo, cuando dichos pequeñitos son protagonistas de un incidente en su plantel educativo, los primeros en sorprenderse son sus propios padres, quienes no pueden dar crédito a las quejas de educadoras, de los progenitores cuyos hijos fueron agredidos, y hasta de los directivos que los mandaron llamar por la conducta "inapropiada" de los niños en cuestión, ya que constantemente agreden con "palabrotas" a sus compañeros de salón e, incluso, de otras aulas, lo que no se considera normal, de ahí que se busca una solución inmediata para detener la violencia verbal y, en ocasiones, hasta física que muestran algunos menores.
Llama la atención que cuando se les pregunta a los niños agresores sobre quién les enseñó a hablar de esa manera, sin pensarlo, delatan a sus padres, a quienes señalan de que uno de ellos (o ambos, porque también, lamentablemente, ocurre así) constantemente se expresa con un lenguaje ofensivo y de insultos hacia su pareja, por lo que se puede sacar como conclusión que la "escuela" para este tipo de comportamiento la tienen en su propia casa. Y no obstante que prevalece esta realidad, aun así, muchos progenitores lo niegan porque afirman que en su hogar todo es armonía entre padres e hijos.
Lo peor del caso es que maestros y directivos no pueden avanzar mucho cuando tienen uno o más de este tipo de casos (que son más comunes de lo que se piensa), ya que generalmente los padres de familia involucrados en esta problemática no muestran el más mínimo interés por que cambie el ambiente en su hogar, de tal manera que haya más respeto entre ambos cónyuges y que este cambio se refleje también en un mejor trato hacia los vástagos, pues estos también tienen derecho a que se les brinde un clima de armonía en los diferentes aspectos de su desarrollo personal.
Una realidad que golpea a muchos hogares es precisamente la que se genera cuando prevalecen viejos vicios que se heredan de las anteriores generaciones, de ahí que producir un cambio para transformar ese entorno se antoja como una tarea titánica, ya que, en primer lugar, difícilmente algunos de los protagonistas (los padres) están dispuestos a modificar su conducta, su forma de expresarse, porque así aprendieron a conducirse por la vida, por lo que no ven el caso de dejar atrás todo lo que son, su esencia misma, lo que complica aún más la situación.
En este contexto, los hijos son quienes continuarán pagando los platos rotos en un escenario donde no se vislumbra un mejor panorama ante la renuencia de los progenitores a cambiar en beneficio de sus propios hijos, los cuales crecerán con la pesada herencia que significa cargar con esos hábitos que inconscientemente les inculcaron sus padres, aunque también cabría el comentario en el sentido de que no necesariamente tiene que ocurrir así, pues se dan casos en que los vástagos no están dispuestos a transmitir estas "tradiciones" a las nuevas generaciones, por lo que deciden romper con ese pasado que tanto daño causa a las familias y a la sociedad en general.
Y es que, amable lector, duele observar en la calle, en las escuelas, en los parques, en todos los sitios, cómo los niños utilizan expresiones verbales como parte de su lenguaje habitual, y más cuando las usan para agredir, insultar y molestar a otros pequeños.
Lo más triste es que, en algunos casos, los propios padres festejan que sus hijos hablen de esa manera, lo que hasta podría interpretarse como que experimentan cierto o mucho orgullo porque sus pequeños han aprendido lo que, desafortunadamente, les han enseñado en ese aspecto negativo, aunque, dicho sea de paso, esto no sea algo positivo como para presumirse o vanagloriarse.
Por ello, si los padres queremos que nuestros hijos se expresen adecuadamente en el aspecto del lenguaje verbal, lo mejor que podemos hacer para contribuir en ese sentido es ofrecerles el mejor ejemplo, empezando por cuidar cada palabra que se pronuncia en el hogar, y de esta manera aprenderán a conducirse con respeto en todos los ámbitos en los que se desenvuelvan.