
Del cielo a Puentecillas
A las diez de la noche se ven dos lunas en Puentecillas, una en la transparente bóveda celeste y la otra cuando se refleja en el soñado lago natural del paraje. Después de una caminata por el Sendero de Santa Bárbara, el descanso convirtió en un verdadero sueño.
El segundo día de exploración del grupo invitado por la desarrolladora de productos turísticos Bakpak por Durango, se extendió por los miradores más atractivos del ejido El Brillante, donde se ubica el paraje Puentecillas, a unos 120 kilómetros de la ciudad de Durango.
La travesía
Los visitantes, provenientes de la ciudad de Monterrey, conocieron en primera instancia el mirador de Puentecillas que ofrece una panorámica envidiable y permite sentir la intensidad de los vientos que llegan del noreste de la Sierra Madre Occidental.
Tras la comida, los guías de Puentecillas encabezaron el recorrido por el Sendero de Santa Bárbara, una serie de caminos que lo mismo pueden ser del ancho para que quepa un camión o tan angostos para una sola persona.
Varias hileras de escalinatas llevan hasta un mirador de dos plataformas como escenario inigualable para apreciar los atardeceres.
A partir de ahí el camino sigue en descenso por más escalones, veredas y una serie de puentes colgantes para atravesar ríos que en temporada de lluvias pueden arrastrar troncos enteros.
El entorno natural ofrece tantas variedad de tonalidades del color verde como especies de árboles en la reserva natural que hay en Puentecillas.
Hay varias opciones para el regreso, pero invariablemente eran en ascenso y es cuando se puso a prueba la condición física de los visitantes, sin que esto mermara el ambiente y las risas espontáneas.
La luna saludó a los senderistas cuando apreciaban otra panorámica desde otro más de los miradores que tiene Puentecillas; tras ese respiro, el retorno se reanuda para culminar la travesía que se prolongó por espacio de cuatro horas.
Noche y día
La cena fue una dualidad inolvidable. Los organizadores hicieron creer al grupo de visitantes que por cuestiones de logística, no habría cena; medio resignados, los cansados senderistas entraron al gran comedor de Puentecillas y encontraron la cena servida y la mesas iluminadas con una luz tenue para una velada mágica. Mientras por un ventanal se veía la última estela del atardecer, por el lado contrario ya entraban los hilos plateados de una luna radiante.
El amanecer se disfrutó de diferentes maneras. En una orilla del lago Puentecillas alguien hacía yoga mientras recibía los primeros rayos del sol, alguien más realizaba una breve caminata alrededor, otros dormían, unos disfrutaban de una charla matutina cerca de una fogata y otros vivían la regata de las nubes.
La vaporización matutina del lago fue el escenario perfecto para actividades como kayac y el paddle surf de pie; entre risas y el desayuno se preparaba mentalmente el regreso a la rutina, mientras alguien decía: "no me quiero ir, ¿me puedo quedar aquí?".