El olor de la tierra mojada que la intensa lluvia había dejado tras de sí sobre los senderos y las paredes de adobe y piedra, eran letras penetrando la nariz de Mauricio, escribiendo recuerdos que quedarían en su mente por siempre.
Paseaba en el caballo, pisando la mezcla húmeda de lodo, excremento y hierba, en donde las herraduras del corcel amortiguaban la elegante cabalgata del jinete sonriendo. Le sonreía a las gotas que colgaban entre las ramas de los mezquites; al intenso arcoíris impreso en el horizonte, coloreando las verdes montañas del verano; le sonreía a la vida agradecido, porque no necesitaba más de lo que tenía frente a sus ojos y entre sus manos, la postal campirana a su merced, y la rienda de un caballo al que dirigir por las callezuelas de ese mundo al que algunos le decían 'el pueblo'.
Su vida era fácil. Sus padres, aunque oriundos de ese pequeño poblado, se habían abierto camino esforzándose por hacerse de un lugar laboral en la ciudad, algo que les permitiera salir de la pobreza en la que habían crecido y que no deseaban para su primogénito.
Con perseverancia, disciplina, coraje y una que otra maña obligada entre los citadinos, pudieron proveer a su hijo de todo aquello que a ellos les negó la vida y un poco más. Se juraron nunca ser uno de esos 'indios', como su repulsión denominaba a todos esos paisanos que, no habían nacido con la suerte y la entereza suficiente para destacar y tener un título profesional y ser alguien en la vida, como ellos lo presumían orgullosos en la plaza del pueblo cada domingo.
Para ambos, las calles empedradas, el olor a vaca, y los adobes aferrados al último enjarre, significaban inferioridad, eran el símbolo de sus muchas tardes comiendo frijol y tortilla, eran la antítesis del triunfo, la fotografía de unos padres ignorantes incapaces de darles una vida digna, así los mezquites que tanto gustaban a Mauricio, eran el antagonista de las luces capitalinas que iluminaban el sendero del éxito.
El único motivo por el que visitaban cada fin de semana a los abuelos, obedecía, por un lado, a no dejar un solo remordimiento el día de sus sepelios, y por el otro, para pulir su ego con la mirada de los 'envidiosos' que les veían llegar en el coche último modelo.
'¡Vámonos Mauricio!'. La orden de su madre, le quitó la sonrisa de un tajo y se desmontó del caballo con mucho pesar, sin saber que sería la última vez que volvería al 'rancho', sus padres habían decidido enviarlo al extranjero a estudiar una ingeniería que le diera la certeza de encontrar un empleo bien remunerado y lejos del barro que ensuciaba sus botas pero que moldeaba sus pasiones.
Al tiempo, los abuelos murieron, y el ego de sus padres se alimentaba de cualquier club de la ciudad, ya no hubo motivos para volver al pueblo.
Mauricio, respira todos los días el humo de una urbe europea, y bebe cada fin de semana, tanta cerveza donde intenta ahogar el resentimiento que le tiene a ese título colgado en la pared.