
Flotar para no desaparecer
Leer a Petronilo Amaya.
Prólogo narrativo.- Imaginemos por un momento que "(Uni)versos flotadores" - libro- objeto hecho de papel y palabra, cuenta una historia. La historia de un hombre que escribe para no hundirse. De un niño que nació en Coneto, entre callejones de tierra y agua que olía a vida. Ahí aprendió que la esperanza se siembra en surcos, y que una madre -con su regazo y sus miradas rectas- puede levantar murallas contra la miseria.
Pero el niño creció. Y al crecer, descubrió que el mundo no siempre da la bienvenida. Que hay lugares donde uno encaja con el cuerpo, pero no con el alma. Y que hay dolores -como los de la infancia, o los de la carne herida- que no se curan, pero se escriben. Así nació el poeta. No para subir a los altares, como él mismo dice, sino para andar como piedra rodante, buscando -en cada palabra- una orilla donde respirar. Amó. Amó mucho. Con rabia, con ternura, con deseo y con versos. Y también perdió. Y el amor, como todo lo que parecía eterno, se derritió.
Entonces llegaron las noches difíciles, los cuerpos fatigados, la pandemia que nos desnudó hasta los huesos, las oraciones que no bastan, los viernes sin música. Pero ahí, en medio de ese derrumbe, el poeta escribió. Sobre la herida, sobre el tedio, sobre la muerte. Y al escribir, flotó. Porque flotar -para Petronilo Amaya- no es ser liviano: es no dejarse ahogar. Es resistir con el verbo cuando todo lo demás se ha ido. Es lanzar palabras como salvavidas al río de los días. Y al final, en ese flotar, el niño vuelve. Su risa lo salva, lo despierta. Y el poeta entiende que sus versos -sí, estos que hoy nos reúne a leer- son los restos sagrados de una vida que no quiso rendirse.
Esta es, quizás, la historia secreta que habita el libro "(Uni)versos flotadores". La historia de quien ha hecho de cada poema un acto de sobrevivencia, una antorcha para quien camina en la noche, un susurro que nos dice: no estás solo, yo también floto.
El verbo "flotar", en cinco sentidos.
Flotar como resistencia silenciosa: "Escribo para ahuyentar / un poco, / por lo menos, / este dolor / anclado en mi pellejo." "Escribo sobre la herida, / perfilándome / en puras / ausencias..." "Reinicio búsqueda de stickers / contra angustias / y malestares sin orilla."
Flotar como no pertenecer: "En ninguna parte encajo, / donde voy soy un extraño / aunque la piel sea similar..." "Del hedonismo al asceta, / del trotamundos al burócrata..." "Entre la multitud sigo bien solo. / Sola, / la sangre / somete sus silencios."
Flotar como libertad en el lenguaje: "Para mí que en los poemas -en todos y en cada uno de ellos- habita un duendecillo ebrio..." "Ahí donde mis huellas pasan, / llevo mi aura clara oscura / -sin artificio- / como lo más natural." "Mi coloquio, confieso, ha encandilado / a más de una Eva, que brindó hasta lo no ofrecido..."
Flotar como remanente del duelo: "Cada día / echa amnesia / sobre el dolor." "El dolor esconde algunas palabras; / el cuerpo, en desahucio, en su viacrucis, / no se rinde..." "Sobre el amor, tengo poco por decir: / unas veces pequé, otras, / fui clandestina huella / borrada al amanecer." "Sobresalto similar recorrerá otra vez al ser / y se propagará cada que llegue el fin / de alguien entrañable."
Flotar como hilo de sentido: "Hechizantes notas de guitarra... / nos obligan a entrar / y posponer los últimos asuntos de la tarde." "El poema devora y se devora, así salva los días." "Sólo la risa infantil... / me sacan / a flote."
Final: "Poema para decirte que floto"
Floto,/ porque si callo,/ me hundo./ Soy palabra lanzada al río,/ rumor en la garganta/ que no se deja morir./ No encajo, / pero escribo. / Y al escribir, / el mundo/ -aunque se despedace-/ me concede un borde/ donde sentarme / a doler bonito./ Vengo de Coneto, donde el agua olía a infancia/ y mi madre me enseñó / que al mal se le nombra/ para que huya. / Aún sueño con su voz / como quien sueña / una llave.