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LETRAS DURANGUEÑAS

25 años del taller de narrativa

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25 años del taller de narrativa

ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA

En unos días más el Taller de narrativa de alto nivel -así llamado desde sus inicios- cumplirá veinticinco años de labores en Durango. Comenzó, pues, en febrero del año 2001, cuando México amanecía a la auténtica democracia. Cambiaba el partido en el poder. Los teléfonos celulares se multiplicaban y el internet cambiaba la vida de todos. Aquel era entonces un país lleno de esperanzas, propicio para echar andar nuevos proyectos.

Le presenté el plan de trabajo a la maestra Elia María Morelos, siempre amable, en sus funciones de directora del IMAC. Y así comenzaron pronto nuestras sesiones sabatinas en la calle Arista, en el viejo barrio de Analco. ¡Qué bonito ambiente de aprendizaje entre los asistentes! Había deseos de escribir mejor, -en este caso relatos- mediante una serie de elementos teóricos y prácticos que darían lugar a narraciones de mayor calidad que las acostumbradas en el entorno.

La metodología, dicho sin ninguna pretensión académica, era en principio muy sencilla, la misma que sostuvo la dinámica de los talleristas por un cuarto de siglo: revisar la técnica con las que estaban construidas novelas de prestigio, para después aplicar los recursos estudiados en textos de un interés más personal -íntimo, incluso- por parte de los asistentes, que, los veo ahora, algunos andaban en su primera juventud, y otros ya entrando en la madurez, todos -eso sí- con un ánimo renacido de entusiasmo estudiantil. Bien dicen que solamente es viejo el que ya no quiere aprender más, tenga los años que tenga.

Iniciamos con los premios Alfaguara de novela. "Caracol Beach", de Eliseo Alberto, y "Margarita, está linda la mar", de Sergio Ramírez nos animaron a seguir adelante con posteriores galardonados. Continuamos con otros grandes narradores hasta que en ciertos años fuimos a dar -tenía que ser- con los fundadores y recreadores del género: Cervantes, Flaubert, Joyce, Proust, Kafka, Faulkner...para arribar a fabuladores más recientes como Javier Marías, Javier Cercas, Cormac McCarthy, Elena Ferrante, Cristina Rivera Garza, entre tantos otros. Y sobre todo siempre tuve en cuenta las lecciones de dos Nobel: Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Así, más pronto que tarde, empezamos a cosechar el esfuerzo, si bien es cierto que se parte del talento del talento de cada persona, y que en el taller se encontró la forma a darle forma artística a sus motivaciones: Zita Barragán ha obtenido dos premios nacionales de novela, Amelia Barrón, con un libro que rescata las tradiciones de su pueblo, recibió el comentario por parte del reconocido "Catón", en un artículo significativo en la prensa nacional. Algunos compañeros recibieron también el elogio de destacados escritores como Hernán Lara Zavala, por citar un solo nombre. Y, por lo mismo, no son pocos los libros que "salieron" del taller, con la firma del autor o el de conjunto como "Juan Soriano visto por escritores durangueños" (2007), un elogio literario a las esculturas gigantes que permanecieron en nuestras Alamedas.

Pero más allá de los galardones, habría que decir que lo importante fue su realización como narradores. Hombres y mujeres como Cristina Salas Mijares, Juan Emigdio Pérez y el Dr. Francisco J. Guerrero Gómez, con una trayectoria principalmente como poetas, lograron contar sus historias en base, subrayo, a las lecciones narrativas. Recursos técnicos como la digresión, la caja china, el estilo indirecto libre, el uso de las comillas triangulares, el corte de escenas y episodios, las diferentes formas de construir diálogos, las rupturas de las secuencias discursivas, las variaciones e invenciones del narrador...partiendo invariablemente del original impulso de la voz antigua del relato. De esta manera la larga tradición novelística se fue integrando a su imaginario. Aquí cabe agregar la importancia de los analistas de las obras, a cargo -junto al instructor- de algunos participantes con la cualidad de sus lecturas bien hechas, a detalle, como las que caracterizaron a Mario Jiménez Flores.

Los viajes a congresos nacionales e internacionales resultaron, como felices consecuencias de las sesiones de trabajo (más de un centenar de autores revisados en alrededor de mil sábados). Guanajuato, Guadalajara Chiapas, Colombia y Panamá permitieron a los talleristas conocer personalmente a sus maestros, hablar con ellos -y ellas- sobre sus propios libros, como el caso del gran José Saramago.

Como se advierte, el taller dará para un recuento mucho más largo. Por lo pronto apunto en el presente artículo que además de tantas enseñanzas y experiencias compartidas, lo fundamental es que se cultivó una verdadera amistad colectiva (nuestros festejos y comidas en la sierra durangueña son inolvidables). Nos hicimos compañeros de letras y de vida... y de despedidas. Durante este tiempo alrededor de diez compañeros fallecieron, unos cumpliendo su ciclo vital y otros a causa de enfermedades. En su momento les dijimos adiós con cariño, para llevarlos al mejor lugar de nuestra memoria. Ya habrá ocasión para recordarlos como se merecen.

En unas semanas más adelante de este 2026 el Taller de narrativa apagará la luz y cerrará sus puertas. Alguien ha dicho que es uno de los de mayor duración en nuestro país, con el mismo instructor. Más que con orgullo, en todo caso nada se puede comparar a la alegría del hecho cumplido. Tampoco nada es comparable a participar de cerca -guiar es decir demasiado, pero vale también- de la creatividad de los compañeros, observar como tejían realidad y ficción, emoción y pensamiento, añoranzas e ilusiones. Y concluir al mostrar y leer sus escritos que es posible superar el relato pasado. Verlos con ese brillo en la mirada, escuchando el aplauso de sus compañeros...no tiene comparación. Fue un regalo de Dios por veinticinco años.

Les digo a los participantes que aún nos quedan que todo esto es como subir un cerro. Que te esfuerzas, te caes, descansas, te pierdes un ratito, y vuelves cuesta arriba. Al fin llegas y miras hacia abajo el camino por donde venías, los lugares agradables y difíciles que recorriste. Y gana el sentimiento de lo logrado, más que el pesar de la nostalgia por lo que ya se fue. Más bien es una misión que florece. Y lo que queda es bajar el cerro -como metáfora de la existencia- para probablemente, si tenemos más días por delante, intentar subir otra montaña.

Escrito en: letras durangueñas Durango escritos compañeros, narrativa, taller, caso

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