En Davos, Suiza, la semana pasada, se llevó a cabo la reunión anual del Foro Económico Mundial. Un foro donde los más ricos y poderosos se reúnen cada año a revisar cómo está el mundo y cómo hacerle para mejorarlo, o eso dicen. El resultado son acuerdos, firmas, fotos, conciertos, buenas degustaciones enológicas y propuestas que poco trascienden y no muchos les hacen caso, pues no son "binding", vinculantes.
La situación mundial de cambios abruptos en lo comercial, político y geográfico en nuestro planeta seguramente unificó opiniones para utilizar este evento como un crisol de cambio, y un verdadero debate de opiniones: unos lo entendieron y otros no. Pero, después de 55 ediciones, esta edición fue más allá de lo imaginado. Las potencias medias fueron llamadas a "ponerle cara" a las amenazas de las grandes potencias, Canadá y Francia a la cabeza. ¡Allons Enfants!
Solo el martes 21 se pasó de invadir o comprar Groenlandia y 10-25% adicionales de aranceles, a quienes tuvieron la osadía de llevar a cabo ejercicios militares en el "pedazo de hielo", a un preacuerdo donde todo lo amenazado se "des amenazó".
La OTAN (la Organización del Tratado del Atlántico del Norte) y los EE. UU. se escucharon y propusieron bajarle al discurso, que de hecho no llevaría a nada. ¿Habrá sido planeado? No lo sé, pero de que acalambró al mundo, lo acalambró. Menos a China, que ya se estaba enroscando los bigotes viendo esos pleitos occidentales y pensando cómo llevar esa agua a su molino.
Estuvieron la mayoría de los personajes que pesan en el ámbito económico y geopolítico mundial. México mandó como representante a la secretaria Bárcena del Medio Ambiente, quizá para que mejorara el ambiente de las reuniones, pero solo para eso; no estuvo en la mesa de negociaciones, quizá porque no teníamos fichas para jugar, o la estrategia era navegar de "muertito", o sea, pasar desapercibidos. Y qué bueno, pues no teníamos la estatura para debatir con Trump, Macrón, Carney y Von Der Leyen , nos hubieran barrido. Mejor así: nadie preguntó por nosotros, el huachicol, la deuda de Pemex, ni el petróleo a Cuba.
El protagonista del evento no fue Mr. Trump, sino el primer ministro de Canadá Mark Carney, que, por cierto, venía de Pekín de firmar un acuerdo comercial con China, exentándolo del 100% de aranceles a sus exportaciones y desafiando a la política expansionista e imperial que se pretendía anclar ahí mismo en Davos.
Me quedo con una buena frase que todos los medios publicaron: "Si no estamos en la Mesa, estamos en el Menú". Si no concurrimos a las negociaciones de este nuevo orden mundial que ya está cocinándose, estaremos participando como ficha de cambio. Será importante, de hoy en adelante, identificar y participar en los foros que se organicen para discutir estos temas.
Eso del libre comercio se acabó como tal; ahí también se intuyó que el Sr Lutnick, asesor comercial de los EE. UU, se refería al T-MEC como algo diferente: acuerdos bilaterales y ventajas para el más poderoso. A Canadá le dijeron: "Acuérdate que todo lo que tienes se lo debes a los EE. UU., Mark". A ver cómo nos va en julio con el T-MEC.
Un privilegio, como economista, haber sido testigo a la distancia de este evento, y el trabajo que se nos viene para predecir y explicar las consecuencias de estas decisiones, en un mundo que cambia su modelo a la velocidad de la luz.
Ojalá que las grandes mentes mexicanas dejen sus ideologías por un lado y se adentren en la búsqueda de soluciones, que permitan a nuestro país crecer hacia su verdadero potencial económico y retomar ese protagonismo internacional que una vez tuvimos.
Ánimo.