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La migración enriquece (pregúntenle a Infantino)

Urbe y orbe

ARTURO GONZ?LEZ GONZ?LEZ

Lo primero es que el fenómeno migratorio funciona como válvula de escape. Una economía en desarrollo que no tiene la capacidad de emplear a toda su población joven genera una sociedad potencialmente conflictiva. La informalidad, la delincuencia y la subversión se vuelven caminos posibles para quienes no encuentran cabida en una estructura productiva nacional. La migración ayuda a disminuir la presión social. Pero no sólo eso. De acuerdo con cifras del Banco Mundial, en 2024 las remesas internacionales alcanzaron la friolera de 685,000 millones de dólares con un crecimiento anual de 5.8 %. Para darnos una idea, el monto equivale al PIB de un país como Bélgica. Para naciones pequeñas, las remesas tienen un peso extraordinario en la economía. Representan casi la mitad del PIB de Tayikistán y un cuarto del PIB de Honduras. Y los efectos positivos no sólo son inmediatos: según el mismo Banco Mundial, un aumento del 10 % en las remesas per cápita puede llegar a significar una reducción de hasta 3.5 % de la población en condición de pobreza.

El fútbol ofrece una analogía útil para desmontar los mitos de la migración como accidente del sistema o como problema de las sociedades receptoras. Para la FIFA, administradora del deporte más popular del mundo, la migración reporta grandes beneficios. Uno de ellos es que le permite tener en los campeonatos mundiales más selecciones competitivas. Los jugadores migrantes no sólo nutren a las selecciones nacionales de los países receptores; también representan a los conjuntos de sus países de origen o el de sus padres. Tal es el caso de equipos como Curazao, RD Congo, Marruecos, Bosnia y Herzegovina, Argelia, Haití, Cabo Verde, Túnez y Catar, selecciones conformadas en su mayoría por jugadores no nacidos en el país que representan pero con raíces en él. En el caso de los naturalizados encontramos, por ejemplo, que los anfitriones Canadá, Estados Unidos y México juegan con siete, seis y cinco futbolistas no nativos, respectivamente. Y hay potencias europeas, como Francia, que además de contar con jugadores nacidos fuera del territorio francés, se nutren de hijos o nietos de inmigrantes. La migración aumenta la competitividad, y ésta repercute en las ganancias de la FIFA que puede sumar más selecciones que países en la ONU.

Con la migración, la FIFA gana de todas formas. Más selecciones significa más audiencia y más mercado. Las historias de los migrantes en el fútbol son capitalizadas como una narrativa de la diversidad y la meritocracia, lo cual también vende. Además, legitima la expansión global de la federación en busca de países que sin la migración no podrían contar con cuadros que lleguen a un Mundial. Como gestor de nacionalidades e identidades, la FIFA se convierte de facto en una autoridad supranacional que opera allende las fronteras bajo la premisa de la elegibilidad de los futbolistas. La diáspora forma parte importante de la infraestructura global futbolística que permite a la FIFA no sólo posicionarse frente a otros espectáculos deportivos masivos, sino además obtener pingües ganancias. En el ciclo mundialista que concluye en 2026, la federación que preside Gianni Infantino obtendrá ingresos récord por 12,000 millones de dólares. Sólo como referencia, el presupuesto anual de la ONU no llega a los 3,500 millones. Por eso digo que la migración enriquece; si no me creen, pregúntenle a Infantino. Quien quiera acabar con la migración, tendrá que acabar primero con el sistema que la propicia.

Escrito en: migración, selecciones, países, FIFA

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