Hay decisiones de gobierno que, más allá de su justificación, terminan tocando fibras de identidad colectiva. La polémica por la tala de árboles en el corazón de Lerdo, más que un acto administrativo, remite al simbolismo de la urbe más antigua de la Comarca Lagunera, reconocida como "Ciudad Jardín", precisamente por ser un oasis en medio del árido paisaje de la región.
El entorno arbolado de la presidencia municipal, parques y plazuelas, conforman esta imagen de una zona verde y sostenible que da sentido a la identidad de los lerdenses. Su eliminación, de un momento a otro y bajo la oscuridad de la madrugada, transformó el paisaje y abrió la inevitable discusión sobre cómo sostener el discurso oficial ambientalista.
Las autoridades argumentan que la medida responde a daños estructurales en el edificio, presuntamente ocasionados por las raíces. Si bien la protección del patrimonio histórico es una responsabilidad del gobierno, en este caso, la tala debió ser el último recurso, respaldado por dictámenes, estudios técnicos sólidos y, sobre todo, transparencia en la toma de decisiones.
El problema se amplifica pues la inconformidad ciudadana y de grupos ambientalistas no surge solo por la pérdida de árboles, sino también por la forma en que se tomó tal decisión: sin aviso, sin socialización del proyecto y, más grave aún, sin conocimiento del propio Cabildo, incluso de los regidores de la Comisión de Ecología. Todo, bajo la opacidad institucional.
La alcaldesa Susy Torrecillas evidentemente defiende la medida que fue ejecutada bajo su instrucción, y es bueno que se comprometa con la compensación a esta pérdida de árboles, pero ese es su deber, no un gesto magnánimo. No obstante, la confianza de la ciudadanía jamás se construirá con declaraciones posteriores, sino con procesos abiertos, verificables y participativos desde el inicio.
Además, la experiencia deja dudas razonables. En Lerdo, como en otras ciudades, la sustitución de árboles maduros por nuevas especies rara vez compensa -en el corto plazo- la pérdida ambiental. Un árbol adulto no solo es paisaje, también es sombra, regulación térmica, captura de carbono y calidad de vida. Su ausencia se siente de inmediato, especialmente en una región donde el calor no da tregua.
El fondo del debate, entonces, no es solo ambiental y estructural, sino también político. Y es que tiene que ver con la manera en que se gobierna, con la disposición -o no- de rendir cuentas y de involucrar a la sociedad en decisiones que afectan su entorno cotidiano. Porque cuando una acción de este tipo se ejecuta sin claridad ni consenso, deja de ser una solución técnica para convertirse en un problema de legitimidad.
En Lerdo, la ciudadanía debe luchar por preservar ese hábitat verde que es parte de su identidad, o permitir que las autoridades sigan tomando decisiones apresuradas e irresponsables. Una ciudad no se define solo por sus edificios, sino por el equilibrio entre su historia y su entorno. Cuando esa armonía la rompen los gobernantes, no habrá narrativa política que sea creíble para los gobernados.
EN LA BALANZA.- En un Durango donde el silencio de la oposición suele ser la norma, la postura de la diputada local, Georgina Solorio, vuelve a romper la inercia dentro de Morena al confrontar al gobernador Esteban Villegas. Sus señalamientos exhiben la contradicción de un mandatario que presume afinidad con Claudia Sheinbaum, pero en lo local se deslinda y vilipendia a la 4T. El fondo del reclamo es la opacidad presupuestal y obras pendientes que siguen afectando a comunidades enteras. No obstante, también deja al descubierto la debilidad de una bancada que, salvo excepciones, ha optado por la cómoda pasividad. Si la crítica es válida, también la pregunta lo es: ¿por qué solo una voz se atreve a decirlo? La respuesta, es más que obvia.
X: @Vic_Montenegro
La revista Kirche, que aparece en Zurich, publicó en su último número un artículo de Malbéne. No resisto la tentación de transcribir aquí una frase del texto escrito por el controvertido teólogo:
"... En los primeros tiempos del cristianismo morían los cristianos y el cristianismo vivía. En nuestro tiempo los cristianos viven y el cristianismo muere...".
Malbéne explica su paradoja. La vida del cristianismo es el amor. Divididos ahora los cristianos en innumerables grupos distintos, y aun hostiles entre sí, el amor no tiene sitio entre ellos. "... Ni siquiera practican -añade Malbéne- ese modesto atributo del amor que se llama tolerancia...".
A nadie le agradará, seguramente, la afirmación del maestro de Lovaina. Pero ya lo ha dicho él otras veces: "Hablar de religión sin inquietar a la gente no es muy religioso".
¡Hasta mañana!..