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Magnates en Pekín

Urbe y orbe

ARTURO GONZ?LEZ GONZ?LEZ

 "L Os mejores empresarios, los más grandes, supongo que los mejores del mundo están aquí hoy para presentarle sus respetos a usted y a China, y esperan con interés comerciar y hacer negocios. Será totalmente recíproco por nuestra parte". El presidente de Estados Unidos y magnate inmobiliario, Donald Trump, se dirige así a su homólogo chino, Xi Jinping, en Pekín. Llegó a la ciudad imperial escoltado no sólo por funcionarios de su gabinete, sino también por algunos de los miembros más conocidos de la oligarquía tecnológica y financiera de la potencia americana. "Los cambios sin precedentes en un siglo se están acelerando (...). El mundo vuelve a encontrarse en una nueva encrucijada histórica. ¿Podrán China y Estados Unidos superar la llamada trampa de Tucídides y abrir un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?". El presidente de la República Popular China y doctor en Ciencias Jurídicas, Xi Jinping, se dirige a su homólogo estadounidense y su comitiva. Ha recibido a sus invitados junto a los principales funcionarios de su gabinete en una reunión histórica... como todas las que han protagonizado líderes y representantes occidentales con el gran imperio de Oriente.

Las frases pronunciadas por cada uno desnudan la naturaleza de su pensamiento: Trump busca siempre tratos tácticos; Xi pretende acuerdos estratégicos. No es sólo una cuestión de personalidad. Viven en mundos separados. El peso de la historia se impone. El líder de un estado de 250 años, en el que se tiene que buscar el voto cada cuatrienio, se reúne con el jefe de una nación de 2250 años de tradición institucional, cuyo liderazgo es prácticamente vitalicio. La asimetría temporal es abrumadora y brota en cada expresión de los interlocutores.

Mientras Trump hace gala de su lenguaje hiperbólico de frases simples, Xi se da el lujo de mencionar un poderoso concepto histórico nacido en Occidente: la trampa de Tucídides. El padre del término es el politólogo estadounidense, Graham T. Allison, quien en un artículo del Financial Times en 2012 toma una cita del historiador griego Tucídides para construir todo un cuadro analítico: "fue el ascenso de Atenas y el temor que esto infundió en Esparta lo que hizo inevitable la guerra". Allison proyecta una serie de tensiones entre una potencia hegemónica y otra emergente a lo largo de la historia. La mayoría termina en conflictos directos o indirectos. Xi intuye que su país y Estados Unidos caminan hacia esa trampa. Evitar el conflicto en el corto, mediano y largo plazo es su principal preocupación. Y sabe -porque así lo expresó- que el sendero hacia la paz o la guerra pasa por Taiwán. Si se reconoce la pertenencia de la isla a China, habrá paz. Si se alienta la independencia de Taipéi, habrá guerra. Trump, en contraste, tiene la mira puesta en las elecciones intermedias de noviembre y, a lo mucho, en el cierre de su administración. Los tecnoligarcas que le acompañaron sólo buscan una cosa: negocio, es decir, más riqueza y poder económico.

Con todo y la relevancia que conlleva, la visita de Trump a Pekín forma parte de una extensa lista de viajes de mandatarios occidentales al corazón político del gigante asiático que se han sucedido en los últimos meses. Desde que el magnate neoyorquino regresó a la Casa Blanca en enero de 2025, Xi Jinping ha recibido a: Luiz Inácio Lula da Sila, presidente de Brasil; Christopher Luxon, primer ministro de Nueva Zelanda; Anthony Albanese, primer ministro de Australia; Robert Fico, primer ministro de Eslovaquia; Aleksandar Vucic, presidente de Serbia; Luis Montenegro, primer ministro de Portugal; Felipe VI, rey de España; Emmanuel Macron, presidente de Francia; Micheál Martin, jefe de Gobierno de Irlanda; Mark Carney, primer ministro de Canadá; Petteri Orpo, primer ministro de Finlandia; Keir Starmer, primer ministro de Reino Unido; Friedrich Merz, canciller federal de Alemania; Pedro Sanchez, presidente del Gobierno español, y ahora, Donald Trump. Prácticamente uno por mes. ¿Está claro el nuevo patrón histórico?

La visita de Donald Trump a China es al mismo tiempo una cumbre de gestión de crisis y un acontecimiento de reposicionamiento histórico. La guerra comercial del presidente estadounidense con medio mundo tiene su foco en el gigante de Asia, a quien el aparato de inteligencia y seguridad nacional de Washington ve como el gran rival sistémico. Esto no va a cambiar en el corto o mediano plazo. China supera en industria al titán americano y en varios rubros tecnológicos. Aunque Estados Unidos conserva la ventaja en el PIB nominal, China desde 2015 es la primera potencia económica por PIB a paridad de poder adquisitivo, una medición más adecuada. La forma del encuentro importó casi tanto como el fondo. Xi no recibió a Trump sólo en una mesa de negociación; lo condujo a un recorrido por los símbolos de la larga duración del Estado y la civilización chinos. La visita fue la lección de escala temporal de una civilización-Estado que se representa a sí misma como continuidad, profundidad, paciencia y orden. En el brindis, Xi hizo un guiño de doble intención a Trump al mostrar "la gran revitalización de la nación china" y el "hacer grande de nuevo a Estados Unidos" como proyectos que podrían ir de la mano. El presidente chino sabe que mientras el proyecto Make America Great Again tiene fecha de caducidad temprana -enero de 2029-, el Zhonghuá mínzú weidà fùxing, también conocido como Sueño Chino, es el concepto rector de la política y el nacionalismo actual de Pekín, y sus metas alcanzan el año 2049, centenario de la revolución.

El encuentro evidenció las diferentes racionalidades de ambos gobiernos. La administración Trump se mantuvo apegada a lo táctico: victorias visibles, presión económica como moneda de cambio y objetivos mezclados. El gobierno de Xi siguió alineado a lo estratégico: mantener el eje del debate, administrar riesgos a largo plazo y usar una coyuntura favorable marcada por la debilidad relativa de Trump por Irán, la inflación y las elecciones en puerta. A la luz de lo observado, considero que China salió mejor posicionada en el plano estratégico y de narrativa de poder, mientras que Trump obtuvo sobre todo ganancias tácticas y potencialmente reversibles: una atmósfera menos hostil, la expectativa de ventas para empresas estadounidenses, y la posibilidad de presentar el viaje como prueba de que su diplomacia personal da resultados. Xi, en cambio, logró enmarcar públicamente la relación en sus propios términos y evitó una escalada inmediata sin ceder en sus líneas rojas sobre Taiwán.

Pero no nos dejemos llevar por el alarmismo estridente ni por el optimismo ingenuo. Lo más probable en el futuro cercano no es que entremos en una nueva Guerra Fría o que atestigüemos el surgimiento de un "G-2" cooperativo. Más bien creo que veremos una nueva fase, temporal, de la competencia y rivalidad a la que podemos llamar de distensión administrada. La trampa de Tucídides se mantiene a la vista en el horizonte.

Escrito en: Trump, presidente, primer, ministro

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