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Muerte

Mirador

YAMIL DARWICH

Sigue firme la gran pregunta que los humanos nos hemos hecho a través de nuestra existencia: ¿qué es la muerte?

Desde la aparición del hombre sobre la faz de la tierra, el tema de la muerte dio origen a diferentes creencias sobre lo que habrá de acontecer al finalizar el último aliento de vida. Los más remotos vestigios encontrados por antropólogos en exhumaciones humanas de la prehistoria han confirmado la consciencia de la muerte y la creencia de que, luego de ella, el espíritu permanece vivo y consciente.

A partir de tales entierros fúnebres, se reconoce el gran sentimiento de esperanza sobre la persistencia de la vida en otros términos o dimensiones, siempre buscando encontrar argumentos sobre nuestra trascendencia con base en la inmortalidad del alma.

Los grandes ceremoniales ya se observaban en los primeros imperios; formidables mausoleos para resguardar el cuerpo del rey, dictador o emperador representan las diferentes visiones de lo que cada cultura cree que vendrá después de la muerte física. Más tarde, el gran esplendor llega al mundo con las construcciones egipcias; grandes pirámides que no solo albergan al cuerpo del faraón y/o personajes de la nobleza, también dejan muestras de sus conocimientos en lo que serán las bases del pensamiento científico y el arte representativo.

Los cortesanos hacían lo propio, según posibilidades materiales y los pobres debían recibir la tierra enfundados en mortajas simples y, acaso, vendajes embalsamadores, que muestran los grandes preparativos para dar el paso al otro mundo a través de un río.

El avituallamiento incluía desde barcazas de papiro hasta utensilios varios, sin olvidar la momificación de mascotas y, desde luego, dinero. Hoy enterramos con celulares. En el otro lado del mundo, en la China Antigua, el primer gran emperador Qin Shi Huang, llegó a la exageración de preparar su viaje incluyendo un gran ejército -soldados de terracota- que le acompañaría y protegería en su transitar al más allá, sin olvidar lo necesario para continuar con sus acostumbradas comodidades en vida.

Las tribus de Israel no quedan fuera del uso de tradiciones funerarias y aunque con mayor modestia preparaban ritos ceremoniales que incluían duelos con manifestaciones de dolor y llanto de plañideras - "chillonas" profesionales contratadas exprofeso-, baños con cenizas y desgarraduras de vestidos, aunque el velorio fuera lo más breve posible por la rápida descomposición de los cuerpos, ante las altas temperaturas del semidesierto medio-oriental. De los griegos nos quedan sus sesudas reflexiones sobre la vida terrenal y la muerte; de los romanos, influidos por la filosofía griega, conocemos los entierros con ceremoniales fastuosos, particularmente de ciudadanos nobles, ricos y militares.

Conforme a las diferentes culturas, el cómo preparar al difunto varía: desde enterramientos con rituales diversos: cremaciones en tierra, lanzándolo en barcazas ardientes, flotando sobre las aguas del mar y/o en los grandes lagos -tradición antigua nórdica- o depositándolo en algún lugar seleccionado por el personaje en vida -en lo alto de árboles o construcciones hechas exprofeso-. De las culturas americanas tenemos ejemplos de cementerios considerados lugares sagrados.

Casi todas las culturas coinciden en que existe un alma o ánima que mueve al cuerpo del ser vivo y que esta debe emprender un viaje al más allá que, igualmente, es disímbolo. Pero... ¿qué pasa con esa alma des corporizada? No hay una propuesta científica al respecto; la más común, hasta el siglo anterior era desconsoladora, sin esperanzas para continuar: viene la nada -como Usted quiera entenderla- y, curiosamente, en los últimos decenios empiezan a aparecer posturas filosófico-científicas que hablan de una fusión con el universo en una consciencia universal que tampoco nos es muy comprensible.

Los monoteístas creemos en un creador universal; los orientales en el encuentro con la naturaleza y los hindúes en la fusión del alma con la creación. Todos aceptamos la existencia del más allá.

Quienes creemos en que hay algo más que la inexistencia al morir, mantenemos el respeto y reconocimiento al finado de diferentes maneras: desde mausoleos y construcciones funerarias varias, incluidas las conocidas tumbas en cementerios comunales, todas según la posición económica y de reconocimiento del difunto; lo menos, un memorial con fotografías y hasta pequeños altares en algún lugar del hogar. Los mexicanos somos sobresalientes en el tema y hemos creado tradiciones que son reconocidas internacionalmente; tan solo recuerde Pátzcuaro.

Los norteños laguneros no quedamos fuera de las tradiciones, empezando el trajinar con la organización y cooperación para comprar flores y comida, luego el viaje grupal al panteón, que nos espera con un verdadero tianguis; la limpieza de tumbas; los rezos y luego compartir el pan y la sal con los familiares, sin olvidar el "traguito" para los mayores que ocasionalmente se dejan influir en el ánimo con la música, sea de mariachis, tríos o simples espontáneos.

Le pregunto: ¿Usted cómo recordará a sus difuntos?

[email protected]

Llegó sin previo aviso y se presentó sin más:

-Soy el número o uno.

Me bastó oírlo para recelar de él. Quienes dicen ser el número uno son por lo general el número mil, o 10 mil o 150 mil. La cortesía, sin embargo, me obligó a decirle que me daba gusto conocerlo. Le dije, sin embargo, que había conocido a otros que también decían ser el número uno.

-Son unos impostores -replicó, molesto. El único y verdadero número uno soy yo.

No quise discutir, de modo que lo dejé con su idea. Después de volver a repetir varias veces que era el número uno se despidió.

Sentí alivio. Es muy difícil tratar con quienes creen ser el número uno.

¡Hasta mañana!...

Escrito en: número, gran, grandes, diferentes

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