
No es tu imaginación: ¿por qué el tiempo parece ir más rápido conforme envejecemos?
Si últimamente sientes que los días se te van como agua entre los dedos, no estás imaginando cosas… pero tampoco es que el tiempo haya decidido acelerar. La explicación está en otro lado: en cómo tu cerebro registra lo que vives.
Durante la infancia y la juventud, casi todo es nuevo. Nuevos lugares, nuevas personas, primeras veces. Ese “estreno constante” obliga al cerebro a poner atención, a guardar detalles, a crear recuerdos más marcados. Y cuando hay más recuerdos, el tiempo se siente largo.
Por eso los veranos de la niñez parecían eternos.
El cerebro no mide el tiempo en horas, lo mide en recuerdos
Aunque tengamos relojes, calendarios y alarmas, el cerebro no funciona así. No mide el paso del tiempo por segundos, sino por la cantidad de experiencias memorables que logra almacenar.
Cuando la vida se vuelve rutinaria, mismo camino, mismo horario, mismas conversacione, el cerebro entra en piloto automático. Registra menos detalles y, al mirar hacia atrás, todo se ve comprimido. Semanas que parecen una sola. Meses que se esfuman.
No es que haya menos tiempo.
Es que hay menos momentos que destaquen.
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Un año ya no pesa lo mismo que antes
Hay otro factor clave: la proporción. Cuando tienes 10 años, un año representa el 10% de toda tu vida. Es enorme. A los 50, ese mismo año es apenas una fracción mucho menor.
Esa diferencia hace que, con el paso del tiempo, los años se sientan cada vez más cortos, aunque duren exactamente lo mismo.
La rutina comprime el tiempo
Al repetir los mismos patrones día tras día, el cerebro deja de “grabar” con detalle. Todo se mezcla. Y cuando intentas recordar qué hiciste el mes pasado, cuesta trabajo encontrar algo que lo distinga.
Eso explica por qué muchas personas sienten que “ya se acabó el año” sin saber bien en qué momento pasó.
La buena noticia: sí se puede desacelerar la sensación del tiempo
Aquí viene lo interesante: no necesitas mudarte de país ni cambiar de vida por completo.
Hacer cosas nuevas, aunque sean pequeñas, obliga al cerebro a prestar atención otra vez. Tomar una ruta distinta, aprender algo nuevo, romper la rutina del fin de semana, vivir experiencias distintas.
Más atención genera más recuerdos.
Más recuerdos hacen que el tiempo se sienta más largo.
El tiempo no se acelera… nosotros dejamos de notarlo
Nada cambió en el reloj. Lo que cambió fue la forma en que vivimos los días.
Y quizá la clave no esté en tener más tiempo, sino en vivirlo con más conciencia.