
Cuidado. Panamá llega a la justa mundialista de 2026 no como un equipo débil, sino como uno de los auténticos peligros del torneo.
'Los Canaleros' han crecido desde la llegada del hispano-danés Thomas Christiansen.
RICARDO HERNANDEZ
El siglo de durango
Rumbo al Mundial 2026, la selección de Panamá se presenta como una de las realidades más sólidas de la Concacaf, habiendo sellado su clasificación de manera directa y contundente. Bajo la dirección estratégica de Thomas Christiansen, los Canaleros dominaron el Grupo A de la ronda final eliminatoria, asegurando su boleto tras una victoria clave ante El Salvador que los catapultó a la cima de la tabla. Este logro no es obra de la casualidad, sino el resultado de un proceso de maduración que ha transformado a un equipo que antes dependía del ímpetu físico en una escuadra con una identidad táctica clara y envidiable en la región.
A rasgos generales, Panamá es hoy un equipo que propone, que busca el protagonismo a través de la posesión y que no teme salir jugando desde el fondo. Christiansen ha implementado un sistema versátil, alternando con éxito entre una línea de cuatro defensores para potenciar el ataque y una de tres (o cinco) cuando la exigencia defensiva lo requiere. Su juego se caracteriza por la presión alta, triangulaciones fluidas en el mediocampo y una verticalidad eléctrica por las bandas, aprovechando la velocidad de sus extremos para castigar los espacios. Han dejado de ser el rival incómodo para convertirse en un equipo que sabe competir y sufrir con orden europeo.
GOL Y CULTURA
La cultura panameña, vibrante y llena de contrastes, se entrelaza de forma natural con su fútbol. El estadio se convierte en una extensión de sus fiestas populares, donde el ritmo es el motor de la grada. La música es el alma de la Sele, y canciones como Sube la Marea de los Gaitanes o los himnos de Samy y Sandra Sandoval han acompañado las gestas del equipo, fusionando el género urbano y el típico con la pasión por el gol. Incluso en el arte urbano de la Ciudad de Panamá, es común ver murales que retratan el espíritu de superación del futbolista panameño, vinculando la identidad del barrio con el orgullo nacional.
Ese espíritu festivo y resiliente define al aficionado panameño, quien ve en el fútbol una vía de expresión artística y social. En las previas de los partidos, el Cangrejero o el Marea Roja no solo visten la camiseta, sino que llevan consigo una herencia cultural donde la gastronomía, la música caribeña y la alegría son innegociables. El fútbol ha logrado lo que pocas cosas en el país: unir todas las provincias y clases sociales bajo un mismo sentimiento, convirtiendo cada partido en un carnaval de identidad donde el arte de jugar se mezcla con el arte de vivir.
UN EQUIPO A VENCER
Hoy, con el boleto al 2026 en la mano, Panamá ya no llega como la cenicienta que solo busca disfrutar del paisaje. La evolución mostrada en los últimos años sugiere que el equipo ha aprendido las lecciones del pasado y está listo para dar un paso más allá de la fase de grupos. Con una base de jugadores que militan en ligas internacionales y un cuerpo técnico que ha inyectado disciplina táctica, los panameños se perfilan como el rival que nadie querrá enfrentar en Norteamérica, llevando consigo la bandera de un país que aprendió a soñar en grande.
N En su segundo mundial, La Roja busca ser más que la 'Cenicienta' de su grupo.
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