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Pensar estratégicamente es mirar más allá de la coyuntura

Con México en la mente

H?CTOR S?NCHEZ GUTI?RREZ

 G Obernar exige atender problemas inmediatos. La inseguridad, el crecimiento económico, el empleo, la infraestructura, los servicios públicos o las demandas sociales requieren respuestas concretas y oportunas. Pero la conducción de un Estado no puede limitarse a resolver aquello que reclama atención hoy. Muchas decisiones producen consecuencias que sólo serán visibles dentro de varios años. Pensar estratégicamente comienza precisamente cuando el presente deja de ser el único horizonte de la decisión.

El pensamiento estratégico no es una técnica reservada a especialistas ni una fórmula para predecir el futuro. Es una forma de razonamiento que permite comprender la realidad relacionando acontecimientos, causas, capacidades, intereses, tiempos y consecuencias. Su valor consiste en superar la visión fragmentaria de los problemas y reconocer que una decisión adoptada en un ámbito puede generar efectos económicos, sociales, institucionales, tecnológicos, ambientales o de seguridad muy distintos de aquellos originalmente previstos.

Esta perspectiva obliga a distinguir lo urgente de lo trascendente. Una coyuntura puede exigir una respuesta inmediata sin constituir necesariamente un problema estratégico. En cambio, un proceso aparentemente gradual puede modificar durante años capacidades fundamentales del Estado sin provocar inicialmente una crisis visible. El desafío consiste en atender la urgencia sin permitir que esta impida reconocer las transformaciones que pueden comprometer los intereses permanentes de la Nación.

El ciclo electoral y la alternancia permiten observar claramente esta diferencia. Ambos son expresiones indispensables de la democracia: permiten renovar gobiernos, legitimar autoridades, evaluar su desempeño y hacer posible el relevo político. Pero la alternancia en el gobierno no significa alternancia en los fines permanentes del Estado. Los gobiernos ejercen responsabilidades durante periodos determinados; las consecuencias de muchas decisiones públicas y los intereses permanentes de la Nación trascienden necesariamente esos periodos.

Agua, energía, educación, salud, infraestructura, desarrollo tecnológico, seguridad y fortalecimiento institucional obedecen a horizontes que difícilmente coinciden con un solo periodo gubernamental. Una política puede comenzar durante una administración, requerir continuidad durante la siguiente y producir sus principales resultados varios gobiernos después. Del mismo modo, una decisión aparentemente conveniente en el corto plazo puede generar dependencias, costos o vulnerabilidades que solamente serán evidentes cuando quienes la adoptaron hayan concluido su responsabilidad pública.

Aquí aparece uno de los desafíos centrales de la conducción estratégica: conciliar la temporalidad democrática, incluida la alternancia, con la continuidad estratégica del Estado. No se trata de sustraer decisiones al escrutinio ciudadano, limitar la capacidad de cada gobierno para establecer sus prioridades ni perpetuar políticas determinadas. Se trata de reconocer que existen responsabilidades que pertenecen al Estado y permanecen, aunque cambien gobiernos, programas, partidos y circunstancias políticas.

El ciclo electoral determina cuándo se renueva el gobierno; no determina hasta dónde deben mirar sus decisiones. La alternancia cambia legítimamente autoridades y prioridades, pero no extingue las responsabilidades permanentes del Estado. Pensar estratégicamente significa preguntarse no sólo qué resultado inmediato producirá una decisión, sino qué capacidades fortalecerá o debilitará, qué dependencias puede generar, qué alternativas conservará disponibles y qué consecuencias heredarán quienes deberán actuar después.

Esta forma de pensar también modifica la comprensión del éxito gubernamental. Resolver una necesidad inmediata constituye un resultado importante, pero puede resultar insuficiente si la solución compromete capacidades necesarias para el futuro. Una buena decisión pública debe valorar simultáneamente su eficacia presente y sus consecuencias posteriores. El pensamiento estratégico no niega la coyuntura: la coloca dentro de un horizonte más amplio.

La continuidad tampoco significa inmovilidad. Pensar estratégicamente no obliga a conservar políticas que han perdido utilidad ni convierte la alternancia en un obstáculo. Exige conservar conocimiento institucional, evaluar resultados, reconocer cambios y modificar aquello que resulte necesario sin reconstruir desde cero la comprensión de los problemas nacionales cada vez que cambia un gobierno.

La alternancia debe renovar la conducción política sin borrar la memoria estratégica del Estado.

México necesita fortalecer esta capacidad de pensamiento porque muchos de sus desafíos más importantes no pueden resolverse dentro de los límites de una administración. La disponibilidad de agua, la formación educativa, la infraestructura energética, las capacidades tecnológicas, la fortaleza institucional o la seguridad requieren decisiones cuyos efectos acumulativos determinarán las posibilidades futuras del país. Reducirlas al horizonte inmediato significa permitir que la coyuntura defina cuestiones que pertenecen a la continuidad nacional.

Pensar estratégicamente es, finalmente, ampliar el horizonte desde el cual se comprende el presente. No significa abandonar las necesidades inmediatas, sino resolverlas considerando aquello que pueden producir mañana. La conducción estratégica comienza cuando el Estado consigue relacionar la decisión de hoy con las capacidades, oportunidades y vulnerabilidades que dejará para el futuro.

La coyuntura exige respuestas; el pensamiento estratégico exige comprender también sus consecuencias.

* El autor de esta colaboración es General de División Estado Mayor y Maestro en Seguridad y Defensa Nacionales.

Escrito en: alternancia, significa, estratégicamente, Estado

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