El sábado pasado preguntamos: ¿dónde estamos? La respuesta exigía mirar la realidad mexicana sin sustituirla por percepciones, discursos o buenos propósitos. Pero conocer nuestra posición sólo resuelve una parte del problema. Una vez identificado dónde estamos surge inevitablemente otra pregunta: ¿qué debe hacer México hoy para conservar capacidad de decisión mañana?
La pregunta importa porque el mundo está cambiando. Población, clima, recursos, economía, tecnología y relaciones de poder presentan transformaciones capaces de modificar las condiciones en que los Estados deberán desenvolverse durante las próximas décadas. Algunas muestran tendencias reconocibles; otras contienen grandes incertidumbres. El futuro no está escrito: permanece abierto a múltiples posibilidades. Explorar lo que puede ocurrir no significa adivinarlo, sino prepararse para enfrentarlo.
La experiencia reciente debe bastar como advertencia. Pandemias, guerras, interrupciones logísticas, confrontaciones comerciales, aranceles y fenómenos climáticos han sorprendido a gobiernos y organizaciones que carecían de capacidad suficiente para responder. Muchos acontecimientos no eran totalmente predecibles, pero tampoco resultaban inconcebibles. La incertidumbre dificulta saber qué ocurrirá; pero no justifica estar sin preparación.
Las transformaciones son globales, sin ser iguales las consecuencias para todas. Europa, Asia, África, Oceanía y América tienen geografías, poblaciones, recursos, historias y condiciones estratégicas diferentes. Un mismo cambio puede representar vulnerabilidad para unos y oportunidad para otros. Incluso ante fenómenos globales, los impactos regionales son diferentes en magnitud, vulnerabilidad y capacidad de adaptación. Obligándonos a cambiar su escala: del mundo al continente y del continente a México.
Nuestro país ocupa una posición singular. Estamos geográficamente en América del Norte, integrados económicamente, profundamente, con EUA, vinculados histórica y culturalmente con América Latina, costas al Pacífico y Atlántico; disponemos de territorio, población y recursos que representan oportunidades, asi como responsabilidades y vulnerabilidades.
La competencia EUA-China, como dinámica internacional de largo plazo, adquiere para México un significado particular por nuestra vecindad e interdependencia con uno de sus protagonistas. Cobrando singular importancia la premisa de "Escudriñar nuestro futuro no es reducir visiones globales y regionales; es comprender cómo esas transformaciones inciden en nuestra propia realidad".
Entonces las tendencias adquieren nombres concretos. La presión sobre recursos significa agua, energía, alimentos y territorio. La reorganización económica significa inversión, industria, empleo y cadenas productivas, pero también dependencias. La revolución tecnológica significa innovación y productividad, pero obliga a preguntar cuánto conocimiento podemos generar. Los movimientos migratorios significan población, frontera, trabajo y relación bilateral. La competencia internacional significa oportunidades, pero también presiones sobre nuestro margen de decisión.
Nuestro Estado agrega una variable particularmente mexicana: -el poder acumulado por las organizaciones criminales que ya no generan solamente violencia-. Ahora disputan control territorial, penetran economías legales e ilegales, corrompen autoridades, condicionan comunidades y actividades productivas, desarrollan capacidades financieras y logísticas y erosionan la autoridad institucional.
Operan en América del Norte, se articulan con organizaciones del continente y en circuitos globales de drogas, precursores, armas, dinero y otros mercados ilícitos. El problema dejó de ser exclusivamente criminal: adquiere dimensiones económicas, sociales, institucionales, diplomáticas y de Seguridad Nacional.
¿Con qué fortaleza llegará México al futuro si sus capacidades estatales continúan sometidas a poderes criminales internos con proyección transnacional?
México consume enormes esfuerzos atendiendo violencia, criminalidad, migración, agua, energía, crecimiento, infraestructura, desigualdad y presiones externas. Todos requieren respuesta. -El problema comienza cuando administrar las urgencias absorbe la atención, los recursos y la capacidad institucional necesarios para preparar aquello que todavía no constituye una crisis-. Un Estado puede concentrarse en resolver problemas que ya ocurrieron mientras se forman las vulnerabilidades que condicionarán sus decisiones futuras.
Por eso conviene preguntar: ¿tenemos un diagnóstico nacional capaz de distinguir coyunturas de transformaciones estructurales? ¿Anticipamos riesgos antes de que se conviertan en crisis? ¿Contamos con Inteligencia Estratégica suficiente para transformar información en elementos de juicio? ¿Preservamos agua, energía, territorio, infraestructura y demás componentes de nuestro patrimonio estratégico? ¿Reducimos dependencias críticas? ¿Construimos capacidades científicas, tecnológicas, productivas y humanas propias? ¿Nuestra planeación permite sostener objetivos nacionales más allá de los periodos de gobierno? Y quizá la pregunta decisiva: ¿Qué capacidades estamos construyendo hoy, necesitará México mañana?
Prepararse no significa saber anticipadamente qué futuro ocurrirá. Significa preservar opciones, reconocer vulnerabilidades antes de que se conviertan en dependencias y desarrollar capacidades antes de necesitarlas.
Ningún régimen puede decidir ideológicamente cómo será el entorno internacional del futuro, pero sí puede decidir en qué condiciones habrá de enfrentarlo. «El desafío no es atinar cómo será ese futuro: es llegar con capacidad para decidir nuestro propio rumbo».
Porque «el futuro no sorprende por ser incierto: sorprende por consumir en el presente, el tiempo que teníamos para prepararnos».
* El autor de esta colaboración es General de División Estado Mayor y Maestro en Seguridad y Defensa Nacionales.