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ATENEA CRUZ
vie 25 abr 2014, 2:39pm 5 de 16

LEER O NO LEER, ESA ES LA CUESTIÓN



MISTERIOS DE LA VIDA DIARIA

Este miércoles 23 de abril, como cada año, se conmemoró el día internacional del libro. Aunque yo fui en calidad de asistente a la serie de eventos literarios que ha habido a lo largo de esta semana en la Plaza de Armas y el Museo de la Ciudad, los organizadores aprovecharon que andaba por ahí y tuvieron la amabilidad de invitarme a una mesa donde el tema era "Somos lo que leemos". Entre renombrados escritores nacionales y una colada -yo- se desarrolló una agradable charla a propósito de las distintas sendas por las que cada uno se internó en la lectura y la forma en que la literatura había cambiado nuestras vidas.

De entre los testimonios cabe destacar que todos coincidimos en que la lectura es un hábito que se hereda, de ahí la importancia de que los hijos vean a sus padres leyendo. Por más campañas que se pongan en marcha para fomentar la lectura, ninguna invitación es más eficaz que el ejemplo: papás que leen por la noche, el único momento de reposo tras una larga jornada de trabajo; madres que arropan el sueño de sus pequeños con las hojas de un cuento y el arrullo de las palabras. Sólo en los hogares donde no está prohibido tocar, oler, hojear los libros se adquiere el amor a la lectura, de nada sirven las lujosas ediciones de enciclopedias temáticas -que, por cierto, están a un paso de extinguirse-, las novelas de amor, los libros a cuya compra obligan algunos maestros de la escuela, si su destino es ser sepultados en el polvo y la indiferencia.

Pocas cosas tan tristes como un libro olvidado. En su mutismo, el libro deja de ser un puente entre el pensamiento de un ser humano, su diálogo con la humanidad y la historia, se vuelve nada. A un tiempo, nos negamos la posibilidad de conocer otros universos, expandir nuestro criterio, enriquecer la capacidad de imaginar, de vivir todas aquellas experiencias que nos están vedadas a causa de la relativa pequeñez de nuestra existencia. No leer convierte los libros en objetos inútiles.

Queda claro pues, que para provocar el amor a la lectura es imperante sentirlo. Ahora bien, es preciso remarcar que en un terreno tan delicado como éste no bastan las buenas intenciones: de la misma manera en que se enseña a un hijo a hablar, usar los cubiertos, andar en bicicleta; es evidente que el hábito de la lectura debe ser inculcado con cariño, paciencia y buen juicio. En una conferencia para mediadores del programa nacional de salas de lecturas, el escritor Óscar de la Borbolla contó que cuando niño tuvo una tía que lo obligaba a leerle en voz alta, todos los días, fragmentos de grandes obras de la literatura que él -un niño de 5 o 6, deseoso de salir a jugar- llegó a odiar. Esta tía preparaba también un mole poblano suculento, con todos y cada uno de los numerosos ingredientes que incluye la receta original, justamente por eso el platillo era demasiado pesado para el estómago de un crío. La conclusión a la que Óscar llegó con el paso de los años es muy simple y muy cierta: "La literatura, como el mole, a edad temprana empacha".

Con esto no quiero decir que hay que dar por sentado que los niños no son capaces de asimilar las grandes obras; por el contrario, intento poner de relieve el hecho de que el lector adulto debe ser un guía que conozca de primera mano los vastos territorios de la república de las letras, a fin de evitar extravíos que terminen en aburrimiento. Durante nuestra formación educativa, sin lugar a dudas todos hemos tenido al menos un buen maestro. Me atrevo a asegurar que cuando evocamos la imagen de este profesor, sea quien fuere, saltan tres rasgos que lo hicieron entrañable: entusiasmo, generosidad y paciencia. Las dos primeras cualidades se explican por sí mismas: la alegría y el goce son contagiosos, así pues, quien ama su trabajo se emociona con los detalles, nos incita a descubrir; asimismo, aquello que nos hace felices nos arrastra en una marea de fascinación y nos impele a compartirlo.

La paciencia es un asunto aparte: el mejor maestro es aquel que se toma el tiempo para conocer las inquietudes y necesidades de sus alumnos. Al recomendar un libro -por magnífico que nos parezca, por mucho que los hayamos disfrutado- hay que tomar en cuenta la edad y los intereses del potencial lector. Como pasa con los zapatos, no importa qué tan bonitos sean, si no son de nuestra talla nos harán sufrir, llegaremos a detestarlos, deformarán los pies y acabaremos prefiriendo caminar descalzos.

Las historietas son un excelente recurso para que los más chicos se sientan atraídos por la lectura, cada generación tiene la suya: la familia Burrón, Kalimán, Lágrimas, risas y amor, Archie, la pequeña Lulú, Superman, Batman, Spawn, Sin City, Watchmen. Poco a poco los chamacos van pidiendo más letras y menos dibujitos, siempre y cuando las historias les atraigan. De eso a autores magníficos como R. L. Stevenson, J. R. R. Tolkien, Michael Ende y Roald Dahl hay un paso. Ojo: no hay que dejarse llevar por la idea de que a los niños de ahora ya no les atrae lo de antes: no hay que olvidar que ellos son recientes en este mundo, por tanto, piratas, detectives, sirenas, magos, príncipes, animales, todo es nuevo para ellos, están estrenando su capacidad de asombro.

No se debe esperar que los niños se vuelvan más inteligentes gracias a la lectura. Imaginativos, preguntones y cuestionadores, eso sí. Y vaya que a este país lo que le falta son personas críticas que no se crean lo primero que les cuentan. Tampoco hay que cargar de solemnidad y pedantería la relación con los libros: leer mucho no nos hace mejores personas, la humanidad es cosa del civismo (y eso se aprende en casa, aunque lo hayan eliminado de los programas de estudio). Leer no nos hace superiores, al contrario, nos hermana con los autores que han pensado y sentido lo que nosotros, nos muestra la sociedad en todas sus capas. Leer no nos va a ganar más dinero, pese a que es indudable que nos ayudará a expresarnos mejor (y, quién sabe, quizá eso sí nos consiga un buen trabajo) porque la literatura no nació como algo utilitario, nació del disfrute de la palabra. Alrededor de una fogata, bajo un cielo todavía limpio y estrellado, los primeros hombres se reunían para compartir sus aventuras cotidianas. Fueron estas historias las que les dieron lenguaje e identidad y les enseñaron a soñar todo lo que después inventaron. Leamos entonces para mantener viva esa llama.

Twitter: @ateneacruz

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