Editoriales
SERGIO SARMIENTO
vie 9 oct 2015, 9:31am 8 de 8

Igualdad y pobreza



Jaque Mate

"Mi sueño es el de Picasso; tener mucho dinero para vivir tranquilo como los pobres".— Fernando Savater

Es lo políticamente correcto. Todo el mundo se une al coro de las plañideras cuando se denuncia la desigualdad. Que si el 1 por ciento de los mexicanos concentra el 43 por ciento de la riqueza del país. Que si 114 multimillonarios podrían pagar con su riqueza el 76 por ciento de la deuda externa de Latinoamérica. Que si 85 personas tienen tanto dinero como la mitad más pobre de la población mundial. Que si en 2016 el 1 por ciento de los habitantes del planeta será más rico que el otro 99 por ciento.

Se da por hecho que esto es malo. El dogma hace olvidar que el enemigo real es la pobreza. Esta afirmación sorprenderá a muchos ya que nos han adoctrinado para confundir la desigualdad con la pobreza. Pero no. Desigualdad y pobreza son dos problemas completamente distintos.

Corea del sur es seguramente un país más desigual que Corea del norte (aunque no tenemos información sobre la distribución de la riqueza en el reino ermitaño de la dinastía Kim), pero el producto interno bruto per cápita de los sudcoreanos (28,101 dólares) es casi 50 veces superior al de sus vecinos del norte (583 dólares, 2014, FMI). China es hoy mucho más desigual que el país que gobernó Mao, pero entre 20 y 43 millones de chinos murieron de hambre durante el "gran salto adelante" del gran timonel entre 1958 y 1961. Alemania federal era más desigual durante la guerra fría pero varias veces más próspera que la mal llamada Alemania democrática.

La pobreza y la desigualdad son condiciones muy distintas. La primera se refleja en privación de bienes esenciales para el desarrollo humano; en su grado extremo lleva al hambre; es una trampa que rara vez permite salida; es un golpe a la dignidad humana. La desigualdad, en cambio, es un problema de envidia; poco importa si mis necesidades están satisfechas, yo resiento que alguien tenga más que yo.

No niego que la envidia sea una fuerza poderosa. Muchas de las rebeliones y actos criminales de la historia se han registrado por la desigualdad antes que por la pobreza. El impulso para quitarle al rico lo que tiene, por el simple hecho de que es más de lo que yo poseo, es muy intenso.

Pero siempre habrá alguien que tenga más que yo. Incluso en las sociedades más igualitarias, como la desaparecida Unión Soviética o las actuales Cuba y Corea del norte, la riqueza se mide por los privilegios de la clase gobernante antes que por el capital que puedan acumular. El resentimiento, sin embargo, es el mismo.

Un Estado moderno debe, a mi juicio, combatir la pobreza. La forma más eficaz de hacerlo no es despojar a los ricos de lo que tienen para repartirlo entre los pobres. Estas acciones suelen profundizar la pobreza al inhibir la inversión productiva que genera riqueza. La verdadera solución es construir un sistema de educación pública de calidad --que sea competitivo con la instrucción privada y genere igualdad de oportunidades-y promover la inversión productiva.

Pero combatir la desigualdad no tiene ningún sentido. Los pobres no son pobres porque hay ricos sino porque carecen de empleo o de oportunidades para realizar actividades productivas.

En lugar de preocuparnos por la desigualdad, y dejarnos vencer por la envidia de que hay alguien más rico que nosotros, empecemos a preocuparnos por la pobreza. Si vemos que unas cuantas personas han logrado acumular una gran riqueza en nuestro país o en el mundo, pensemos no cómo los despojaremos de lo que tienen sino como generaremos los incentivos para que inviertan para generar más prosperidad para todos.

 ¿LA ÚLTIMA?

Los países acreedores han decidido darle a Grecia una nueva última oportunidad para que presente un plan de rescate este jueves. Es la última vez que le dicen que es la última vez. Pero la verdad es que Grecia está quebrada. Su única esperanza de revertir la caída es desmantelar su costoso estado de bienestar. Debe empezar a construir prosperidad a base de trabajo. Un nuevo rescate sólo aplazará lo inevitable.

Twitter: @SergioSarmiento

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